Lisböe o las partes del
agua

Eduardo Rubinschik
abril 2004
192 páginas
46 pesos

ISBN: 987-9409-35-3

Reseñas
Los placeres y los libros: la atrocidad del tiempo
Lisböe o las partes del agua
Este mundo y otros

La cercanía como una vieja limosna, mal olor. No voy a contribuir a la construcción de mi retrato, nadie habrá de fijarme, donde la mejor forma es el olvido del futuro, la presencia omnisciente del futuro dicho como un dialecto extranjero, de recién llegado, venido al lugar oblicuo en que aparece la piel de la fuga, bocacalle que con su caries morada se lo traga más allá, hacia el otro norte, hiato de su viejo amigo, hacia la solitariedad y otras calles de golpe ignotas, negras, de alguna memoria distinta, huyente, como esta alegría turbia.”

 No el tiempo, que es un concepto, soplo liviano de las palabras, sino la experiencia material del tiempo empuja el lenguaje a la circunstancia de narrar. Rubinschik pone las cosas, el relato, en ese cauce. Lisböe presenta los hechos bajo la contingencia, la suerte, del viaje. Y el viaje de Lisböe toca la metamorfosis del viaje en el cuerpo, que es el nombre. José va a Yose que va a Yakob. A medida que el personaje se mueve de una ciudad a otra ciudad, la huella existencial se escribe en el nombre. José es Buenos Aires, como Yose es Lisböe, como Yakob Goliadkin es San Petersburgo. El último, Yakob, que toma el apellido del doble dostoievskiano, perdido entre los pabellones de un hospital y la nieve rusa, recupera los datos del comienzo, la generación, los hijos, datos que el tiempo y el nombre acumularon sin solución entre el pasado y el futuro: el futuro que en Lisböe es un encuentro con el pasado, y el presente que está siempre subordinado al presente del nombre. Eduardo Rubinschik prueba que la novela es un lenguaje de puntuación rítmica, y que el ritmo organiza el fondo dramático, la deriva de una historia. Y el ritmo en Lisböe está hecho de una discreta pasión de lenguaje, el soplo duro de las palabras.