Quiero nombrar algunas madres de la literatura. La de Proust, en la que el niño esperaba hasta que se le cerraban los ojos para que le leyera y le diera el beso de las buenas noches. La madre en la novela de Elio Victorini: Coloquio en Sicilia, en donde el hijo viaja en tren desde Milán hasta Sicilia; una conversación con su madre que ha sido abandonada por el padre. La inolvidable Addie, la madre de Mientras yo agonizo de Faulkner, en que los hijos carpinteros construyen y clavetean su ataúd, tan cerca de ella que hasta sospechamos que escuchó esa música fúnebre al ritmo sureño de su corazón que dejaba de latir.
Diario de un duelo narra a una madre de 80 años que no padece los tres fantasmas tan temidos (la enfermedad, el geriátrico y la muerte). Por el contrario, esta señora octogenaria se va a casar.
Rodolfo, su hijo, la describe según unas fotos antiguas de ella. Lleva anteojos oscuros, está en una playa, vestida, un pañuelo como una ola envolvente enmarcaba su rostro y una sonrisa entre triste y sensual.
El primer rasgo que diferencia a esta mujer, es que fue hermosa, diferente a todos en esa familia. Pero el misterio de esa belleza ni siquiera esconde el retrato de una Dorian Gray femenina, es acechado casi en estilo de una novela gótica por el peligro de la herencia y la reaparición hamletiana de su marido muerto, que se llama Domingo y no Hamlet.
Lo atrapante de esta novela es el tratamiento de la realidad. En medio de la fiesta de casamiento, Rodolfo recuerda una pesadilla recurrente de la infancia: una nave alienígena baja en la terraza de su casa. Despertaba horrorizado, transpirando.
Entonces se produce la ceremonia nupcial: abren las puertas y entra la madre del brazo de dos personajes, el joven y el viejo, uno a cada lado. Además, la acompañan ambos hermanos. En total, cuatro conduciéndola al altar. Rodolfo ríe aliviado por estar en otro lugar. Se entretiene mirando las sombras de los presentes, reflejadas en los altos vitrales de la catedral. Pero no encuentra la suya, ha perdido su sombra.
A partir de esta escena, comienza otra novela. Un drama shakespeariano o los personajes góticos de Los hechizados de Gombrowicz.
La novela incurre en el pasaje de dos registros, donde el hecho más cotidiano puede ser una pesadilla o una pesadilla el hecho más cotidiano. Este estilo que el autor usa con eficacia le otorga el pasaje verosímil de un mundo a otro. El misterio comenzó antes bajo la forma de una amenaza, de una pregunta latente: ¿con quién se ha casado la madre?
Luis Gusmán
Hugo Alas
Es argentino. Estudió psicoanálisis, filosofía y literatura.
Es docente, escribe poesía, cuento y novela.
